El dilema fundamental de la existencia humana

Hay una pregunta que atraviesa toda la existencia humana y que ningún ser puede evitar para siempre, aunque durante años consiga esconderla debajo del ruido de sus ocupaciones, de sus preocupaciones, de sus placeres, de sus ambiciones y hasta de sus propias convicciones ¿qué significa ser verdaderamente libre? El hombre moderno pronuncia esta palabra con una facilidad extraordinaria, como si bastara con poder escoger algo para ser libre, como si la libertad consistiera en no encontrar jamás una prohibición ( respecto a lo que uno desea) , una autoridad, una norma o una verdad que pudiera imponerse sobre sus deseos; pero precisamente aquí comienza el problema, porque si ser libre significa únicamente poder hacer aquello que uno quiere, debemos preguntarnos inmediatamente quién gobierna aquello que queremos, o dónde proceden nuestros deseos, si todos nuestros deseos son buenos por el simple hecho de ser nuestros y, sobre todo, si el hombre que no puede dominar aquello que desea puede llamarse realmente dueño de sí mismo.

La tiranía de la falsa autonomía interior

Porque puede suceder, y sucede con frecuencia, que un hombre tenga las puertas abiertas y permanezca encerrado, que nadie le coloque una cadena en las manos y, sin embargo, sea esclavo de sus pasiones, de sus miedos, de su orgullo, de su necesidad de reconocimiento absoluto en esta sociedad de la aprobación, de su deseo de dinero, de su dependencia del placer, de su resentimiento o de la opinión de los demás. Incluso, el suceder que un hombre proclame con enorme orgullo que no obedece a nadie mientras obedece ciegamente cada impulso que aparece dentro de él, y entonces debemos preguntarnos si eso es libertad o si simplemente ha sustituido una autoridad exterior por una autoridad interior mucho más tiránica, concediéndole así mismo a un nihilismo en el peor de sus expresiones . Porque el hombre que dice «hago lo que quiero» todavía no ha respondido a la cuestión verdaderamente importante¿Quién ha enseñado a querer a su voluntad? Si deseo algo que me destruye y no puedo dejar de desearlo, ¿soy libre? Si sé que una determinada conducta me degrada y, aun sabiéndolo, soy incapaz de abandonarla, ¿soy libre? Si necesito constantemente que los demás me admiren para sentir que valgo algo, ¿soy libre? Si mi felicidad depende de poseer aquello que otros poseen y no solo quererlo, sino codiciarlo, ¿soy libre? Si mi estado de ánimo depende enteramente de que el mundo me dé lo que yo quiero en tiempo, forma y modo , ¿soy libre? Y si he construido toda mi identidad alrededor de la afirmación «yo no necesito a Dios, porque yo decido el bien y el mal», ¿no existe también la posibilidad de que haya convertido mi propia independencia en un ídolo y que, paradójicamente, haya terminado siendo esclavo de la necesidad de demostrar que soy independiente?

La verdad como presupuesto indispensable de la libertad

Por eso la cuestión de la libertad no puede resolverse diciendo simplemente que el hombre debe poder elegir; la elección es necesaria para la libertad, pero no es suficiente. Un hombre puede elegir equivocadamente y, mediante elecciones repetidas, convertir una elección en hábito [ “una acción repetida muchas veces se convierte en hábito”( Aristóteles)] por ello que ese mismo hábito se convierta en dependencia y la dependencia por lo tanto en esclavitud. La libertad, por lo cual, exige algo anterior a la elección: exige la verdad, porque solamente puede ser verdaderamente libre aquel que conoce aquello hacia lo cual debe dirigirse. Si un hombre camina hacia un precipicio creyendo que camina hacia su casa, nadie consideraría que su ignorancia aumenta su libertad; al contrario, su ignorancia hace que su elección sea menos verdaderamente humana. La libertad no consiste en caminar sin dirección, sino en poder caminar hacia el bien conociendo el camino. Por eso Jesucristo pronuncia una de las afirmaciones más profundas de toda la historia de la humanidad cuando dice: «Conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres» (Jn 8,32). No dice que cualquier deseo nos hará libres, ni que la ausencia de límites nos hará libres, ni que el hombre será libre cuando consiga eliminar de su vida toda autoridad; dice que la verdad nos hará libres, porque la verdad libera al hombre de la mentira, de la ignorancia, del engaño y, finalmente, de aquello que lo esclaviza interiormente a diario. Y aquí comienza el camino que conduce desde la libertad hasta Dios.

«La libertad, Sancho, es uno de los más preciosos dones que a los hombres dieron los cielos; con ella no pueden igualarse los tesoros que encierra la tierra ni el mar encubre; por la libertad, así como por la honra, se puede y debe aventurar la vida, y, por el contrario, el cautiverio es el mayor mal que puede venir a los hombres».( Miguel de Cervantes Saavedra.El ingenioso Hidalgo Don Quijote de la Mancha )

La insuficiencia del ser y la contingencia de la existencia

Tanto en cuanto si queremos comprender por qué el hombre necesita la verdad, debemos preguntarnos primero qué clase de ser es el hombre y por qué existe algo en lugar de nada:

El hombre, cuando contempla su propia existencia con un poco de profundidad, descubre inmediatamente que no es autosuficiente, que no es la causa de sí mismo y que no contiene dentro de sí la explicación última de su existencia. Ninguno de nosotros decidió existir; nadie se concedió a sí mismo la vida; nadie se llamó a sí mismo desde la nada para aparecer en el mundo; recibimos nuestra existencia. Antes de nosotros hubo otros, y aquellos otros recibieron también su existencia de otros, y cuanto más retrocede nuestra mirada por la cadena de causas, más inevitable se vuelve una pregunta que ninguna explicación puramente superficial puede eliminar:¿por qué existe algo en lugar de nada? Podemos explicar muchas cosas que suceden dentro del universo, podemos estudiar sus leyes, observar sus procesos, describir sus transformaciones y comprender cada vez con mayor profundidad el funcionamiento de la materia, pero incluso si algún día llegáramos a describir todos los procesos físicos imaginables, permanecería todavía una pregunta que pertenece a un orden más profundo: ¿por qué existe una realidad capaz de tener esos procesos tan perfectos? ¿Por qué existe un universo que puede ser conocido? ¿Por qué existe una realidad inteligible y una inteligencia capaz de descubrirla? Aquí la razón no está intentando introducir a Dios allí donde todavía no llega la ciencia; está haciendo una pregunta diferente, una pregunta acerca del fundamento último del ser. Porque una cosa es explicar cómo funciona algo y otra muy distinta explicar por qué existe.

El fundamento último: la vía tomista hacia Dios

Cuando santo Tomás de Aquino contempla esta realidad, no parte de un Dios utilizado como una explicación fácil para aquello que el hombre desconoce, sino de una reflexión radical sobre el ser mismo. Las cosas que encontramos son contingentes: existen, pero podrían no haber existido. Tú existes, pero podrías no haber existido; yo existo, pero podría no haber existido; un árbol existe, pero podría no haber existido; una estrella existe, pero podría no haber existido y así con infinidad de ejemplos. La totalidad de las cosas contingentes no puede convertirse mágicamente en algo necesario simplemente por reunirlas. Si cada realidad recibe su existencia, entonces la razón pregunta por aquello que no recibe el ser de otro, por aquello que no necesita una causa exterior para ser, por aquello cuya existencia no sea una posibilidad entre otras, sino el fundamento de toda posibilidad. Tomás de Aquino llamará a esto el ser necesario “ primera causa” , aquel cuya existencia no depende de otro, aquel que no recibe el ser como lo recibimos nosotros, sino que es fundamento del ser de todo lo demás. Y cuando la razón llega a ese punto, no está diciendo todavía todo lo que la fe cristiana sabe acerca de Dios, pero se saca una afirmación clara y es que la realidad no puede explicarse completamente desde aquello que es contingente. Hay un fundamento que no puede ser contingente como nosotros. Hay una causa primera que no puede ser simplemente otra pieza de la misma cadena. Hay un fundamento último que no recibe su existencia de otro. Y a ese fundamento llamamos Dios.

La insostenibilidad de la negación absoluta

El ateo puede responder que no necesita pensar en Dios para levantarse por la mañana, trabajar, estudiar, comer, amar o vivir, y en cierto sentido figurafo esa afirmación es verdadera: nadie necesita pronunciar la palabra «Dios» para que sus pulmones respiren. Pero confundir el hecho de que podamos vivir sin pensar conscientemente en el fundamento de nuestra existencia con la afirmación de que no dependemos de ese fundamento, sería como decir que la gravedad no existe porque no pensamos en ella mientras caminamos. Nuestra ignorancia acerca de una realidad no elimina esa realidad. El hombre puede cerrar los ojos ante el sol, pero no puede convertir la noche de sus ojos en una demostración de que el sol no existe. De igual manera, el hombre puede negar a Dios, pero esa negación no constituye por sí misma una explicación de por qué existe algo, de por qué existe un universo inteligible, de por qué existe la razón y de por qué existe un ser capaz de preguntarse por el fundamento de todo cuanto existe. La cuestión que hacen de Dios no aparece entonces como una fuga de la razón, sino como una consecuencia de llevar la razón hasta sus últimas preguntas. Más pues, precisamente porque el hombre es racional puede descubrir que no se basta a sí mismo, que su existencia es recibida y que, detrás de todo aquello que comienza, cambia, depende y puede dejar de existir, debe buscarse el fundamento que no dependa de otro. El hombre descubre entonces que no es absoluto; pero lejos de ser una humillación, esta afirmación constituye el principio de su liberación, porque cuando el hombre comprende que no es Dios deja de exigirle a sí mismo aquello que solamente Dios puede ser.

La estructura del deseo humano y la sed de infinito

A mayor abundamiento esta misma estructura que encontramos cuando preguntamos por el ser la encontramos cuando preguntamos por el deseo. Porque el hombre no solamente existe: “el hombre desea”. Y sus deseos son una de las ventanas más profundas hacia el misterio de su naturaleza. Si tengo sed, busco agua; si tengo hambre, busco alimento; si tengo frío, busco calor; si estoy perdido, busco un camino; si estoy enfermo, busco aquello que pueda devolverme la salud. Pero existe en el hombre una sed que no es simplemente sed física, un hambre que no puede satisfacerse con alimento, una necesidad de verdad que ninguna acumulación de datos termina de apagar, una necesidad de amor que ninguna posesión material puede sustituir, una necesidad de justicia que no queda satisfecha cuando el culpable simplemente no es consecuente con sus actos, una necesidad de permanencia que aparece cada vez que el hombre se enfrenta al hecho de que todo lo que ama parece amenazado por la muerte.

Aquí debemos avanzar con cuidado, porque no se trata de afirmar ingenuamente que todo deseo demuestra automáticamente la existencia de aquello que deseamos; el hombre puede imaginar muchas cosas que no existen y puede desear incluso aquello que le perjudica. La cuestión es más profunda: ¿por qué la estructura del corazón humano está abierta a lo infinito? ¿Por qué ningún bien limitado parece bastarnos completamente? ¿Por qué después de conseguir aquello que durante años habíamos considerado imprescindible aparece de nuevo la pregunta «¿y ahora qué?»? Podemos conseguir dinero y descubrir que queremos más; podemos alcanzar reconocimiento y descubrir que necesitamos conservarlo; podemos enamorarnos y descubrir que incluso el amor humano está atravesado por la fragilidad; podemos alcanzar una meta y descubrir que la meta no ha conseguido explicar nuestra existencia. Esto no significa que las cosas creadas sean malas; al contrario, son bienes verdaderos, pero precisamente porque son bienes limitados no pueden ocupar el lugar del Bien absoluto.

La trampa de la idolatría y la inquietud agustiniana

El problema aparece cuando el hombre toma una criatura y pretende convertirla en Dios, cuando toma el dinero, el placer, la fama, el poder, el éxito, la política, la ideología, la belleza o incluso a otra persona y le exige aquello que solamente puede darle el Absoluto. Entonces el hombre se convierte en esclavo de aquello que había convertido en absoluto. Si tengo sed, es porque el agua puede saciar la sed; si tengo hambre, es porque el alimento puede responder a mi hambre; pero si tengo una sed de verdad, de amor, de justicia, de eternidad y de plenitud que ninguna realidad finita puede saciar por completo, entonces la pregunta se hace inevitable: ¿y si esa sed apunta hacia una realidad infinita? San Agustín lo comprendió de una manera que atraviesa los siglos cuando escribió:

«Nos hiciste, Señor, para Ti, y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en Ti».

No está diciendo que el hombre sea incapaz de disfrutar de los bienes de este mundo, ni que el amor humano sea inútil, ni que la belleza creada carezca de valor; está diciendo que todas esas realidades son incapaces de ocupar el lugar de Dios porque el corazón humano está hecho para algo mayor. Podemos amar a una persona profundamente, pero ninguna persona humana puede cargar sobre sus hombros el peso de ser nuestro absoluto sin que terminemos destruyéndola o destruyéndonos. Podemos amar nuestra patria, nuestra familia, nuestra profesión o nuestras ideas, pero cuando cualquier realidad creada se convierte en nuestro dios, dejamos de amarla correctamente y empezamos a adorarla, derivando así en un alto voltaje sentimental que el mismo puede derivar en la ira . La criatura es buena cuando nos conduce hacia el Creador; se convierte en ídolo cuando intenta sustituirlo. Por eso la sed humana no debe ser despreciada, sino interpretada. La inquietud del corazón no es necesariamente una enfermedad que haya que silenciar con entretenimiento; puede ser una pregunta. Puede ser el comienzo de una búsqueda real de verdad. Puede ser el lugar en el que el hombre descubre que ha estado intentando llenar con cosas finitas un espacio que apunta hacia lo infinito. Aquí aparece una de las grandes paradojas de la existencia: el hombre intenta ser absoluto cuando precisamente el hecho de que pueda desear lo absoluto revela que él no lo es. Quiere no depender de nadie cuando toda su existencia es recibida. Quiere construir su propio sentido cuando descubre que el sentido que uno inventa puede cambiar mañana.

Ahí es cuanto más intenta convertirse en medida absoluta de todas las cosas, más pequeño se vuelve el horizonte de su existencia. El hombre que dice «yo soy la medida de todo» termina encerrado dentro de los límites de su propio yo o superyó. Pero el hombre que reconoce que hay una verdad por encima de él, un bien por encima de él y un Dios por encima de él no queda disminuido: queda liberado de la tiranía de tener que ser su propio fundamento erróneo de jurar lo finito como si fuera lo absoluto y lo infinito como si fuera lo limitado .

La revelación de Jesucristo: la Verdad encarnada

Es aquí donde la cuestión filosófica de Dios se encuentra con la revelación de Jesucristo, porque la razón puede conducir al hombre a reconocer la necesidad de un fundamento último, pero el cristianismo anuncia a la humanidad algo todavía más sorprendente: que ese fundamento no es una realidad impersonal y fría, sino que es Dios vivo, Dios que conoce, Dios que ama, Dios que llama al hombre y que entra en la historia haciéndose hombre. El cristianismo no termina en la conclusión abstracta de que «debe existir una causa primera»; proclama que esa causa primera ha querido darse a conocer y que la Verdad eterna ha entrado en el tiempo partiendo de la historia en un antes y un después.

«Yo soy el camino, la verdad y la vida», dice Cristo (Jn 14,6)

Aquí aparece la afirmación decisiva: Jesucristo no se presenta simplemente como un hombre que posee opiniones verdaderas, sino como la Verdad misma hecha carne. Por eso la libertad cristiana no consiste en acumular conocimientos religiosos, sino en entrar en relación activa con Cristo, verdadero Dios y verdadero hombre.

«Mis ovejas oyen mi voz, y yo las conozco, y me siguen»( Jn 10,27)

La esclavitud del pecado frente a la liberación moral

Se comprende por ello qué la libertad está inseparablemente unida a la verdad. Si el hombre está hecho para la verdad, entonces vivir contra la verdad es vivir contra aquello que él mismo es. La mentira puede ofrecer una ventaja inmediata, pero obliga al hombre a construir nuevas mentiras para sostener la primera. El vicio puede ofrecer placer, pero cuando se convierte en hábito empieza a exigirle al hombre aquello que antes le ofrecía libremente. El resentimiento puede parecer una forma de justicia, pero termina ocupando la memoria y convirtiéndose en una prisión interior. El orgullo puede parecer dignidad, pero termina haciendo insoportable cualquier corrección. El deseo de aprobación puede parecer una necesidad humana normal, pero cuando se convierte en dependencia transforma la mirada de los demás en un tribunal permanente.

El pecado, en definitiva, tiene una característica que lo hace especialmente engañoso: promete libertad mientras produce esclavitud. «Haz lo que quieras», dice la tentación, pero después de que el hombre ha cedido repetidamente, aquello que quiso hacer se convierte en aquello que siente que necesita hacer. Jesucristo lo expresa con claridad:

«Todo el que comete pecado es esclavo del pecado» (Jn 8,34).

No está hablando únicamente de una sanción exterior, sino de una realidad interior. El pecado desordena el amor, divide la voluntad y hace que el hombre termine amando de manera equivocada aquello que debería ordenar. El problema no es que el hombre tenga deseos, sino que sus deseos no siempre están ordenados al bien. La libertad auténtica no consiste en destruir el deseo, sino en educarlo; no consiste en dejar de amar, sino en aprender a amar correctamente; no consiste en eliminar toda autoridad, sino en reconocer la autoridad de la verdad. Por eso los mandamientos de Dios, contemplados desde fuera, pueden parecer límites, pero contemplados desde la razón y desde la experiencia moral pueden comprenderse como caminos que protegen aquello que hace posible la vida buena. La prohibición de mentir protege la verdad; la prohibición de matar protege la vida; la fidelidad protege el amor; la justicia protege al débil; la caridad rompe el egoísmo. Dios no dice al hombre «no» porque quiera disminuirlo, sino porque sabe qué cosas lo destruyen. El padre que advierte a su hijo que no se acerque al precipicio no está intentando reducir su libertad, sino impedir que una elección equivocada termine destruyéndola.

La paradoja del servicio y la verdadera dependencia

Así mismo, Dios no es un tirano que disfruta poniendo obstáculos a la criatura, sino el Creador que conoce la naturaleza de aquello que ha creado. La libertad no consiste en poder elegir cualquier cosa sin consecuencias; consiste en poder elegir el bien de acuerdo con la verdad de nuestro ser. Por eso San Pablo escribe:

«Para la libertad nos liberó Cristo»(Gal 5,1).

Es una frase extraordinaria, porque Cristo no nos libera simplemente para que podamos hacer cualquier cosa; nos libera para que podamos vivir como aquello que realmente somos. Y unos versículos después San Pablo advierte que esa libertad no debe convertirse en una ocasión para la carne, sino en una oportunidad para servir por amor (cf. Gal 5,13). Aquí se encuentra una de las grandes paradojas cristianas: el mundo piensa que servir es lo contrario de ser libre, mientras que el Evangelio enseña que quien ama libremente puede convertirse en servidor sin perder su dignidad. El egoísta dice «quiero que todos me sirvan»; Cristo enseña «el que quiera ser grande entre vosotros, sea vuestro servidor». El mundo dice «sé independiente»;Cristo dice «ama». El mundo dice «haz lo que te haga sentir bien»; Cristo pregunta «¿qué es verdaderamente bueno?». El mundo dice «no debes obedecer a nadie»; Cristo enseña que la verdadera obediencia a la verdad libera al hombre de la obediencia ciega a sus propios impulsos.

Así llegamos a la raíz de la cuestión: todos dependemos de algo, y la verdadera pregunta no es si vamos a depender, sino de qué vamos a depender. El hombre que depende del dinero se convierte en esclavo del dinero; el que depende de la aprobación se convierte en esclavo de quienes lo juzgan; el que depende del placer se convierte en esclavo de sus deseos; el que depende del poder se convierte en esclavo de conservarlo; pero el hombre que depende de Dios no se somete a una criatura que pueda utilizarlo para sus propios fines, sino que reconoce el fundamento mismo de su existencia. Dios no compite con nuestra libertad porque Dios no es un ser más dentro del universo que quiera controlar nuestra voluntad. Dios es el fundamento del ser y, por tanto, el fundamento de nuestra propia capacidad de existir, conocer y elegir. El sol no destruye nuestra vista porque gracias al sol podemos ver; la verdad no destruye nuestra razón porque gracias a la verdad nuestra razón puede conocer; el bien no destruye nuestra voluntad porque gracias al bien nuestra voluntad puede alcanzar aquello para lo que fue creada. Del mismo modo, Dios no destruye la libertad:la hace posible y la lleva a su plenitud por medio de la elección de la verdad.

La trascendencia del espíritu frente al reduccionismo materialista

Por eso la cruz de Cristo debe ser contemplada como el lugar en contempla la materia y se pregunta por su origen. Y cuanto más profundamente examinamos al hombre, más difícil resulta reducirlo a una descripción puramente funcional. La ciencia puede explicar muchas condiciones de nuestro pensamiento, pero la pregunta por la verdad de nuestros pensamientos pertenece a otro nivel. Puede describir qué sucede en nuestro cerebro cuando decidimos, pero la descripción del proceso no responde por sí sola a la pregunta de si aquello que decidimos es bueno. Puede explicar qué ocurre cuando una persona se enamora, pero la explicación biológica de determinadas respuestas no agota el significado de la promesa, de la fidelidad, del sacrificio y del amor. Puede estudiar la muerte desde el punto de vista biológico, pero no puede responder por sí sola a la pregunta de por qué la muerte de una persona amada nos parece una tragedia que no debería haber ocurrido.

El hombre vive en varios niveles de realidad, y reducir todos ellos a uno solo empobrece la comprensión de aquello que somos. Por eso la fe cristiana no pide al hombre que cierre los ojos ante la realidad, sino que los abra más. No pide que renuncie a la razón, sino que no convierta la razón en un instrumento encerrado en un único método. No todo lo real es mensurable del mismo modo. La dignidad no se pesa, la verdad no se mide en centímetros, el amor no se coloca en una probeta y la justicia no aparece bajo un microscopio; pero de ello no se sigue que sean ilusiones. Hay realidades materiales y realidades espirituales, realidades cuantificables y realidades inteligibles, realidades que se estudian experimentalmente y realidades que se conocen mediante la reflexión filosófica. Y el hombre necesita todas estas dimensiones para comprenderse. Si se niega de antemano cualquier realidad que no pueda ser reducida a materia, entonces no se ha demostrado que la materia sea toda la realidad; simplemente se ha adoptado previamente una determinada concepción de la realidad. La pregunta de Dios vuelve entonces a presentarse no como un enemigo de la ciencia, sino como una cuestión que se encuentra en otro nivel: no «¿qué mecanismo produce esto?», sino «¿por qué existe una realidad capaz de tener mecanismos?». No «¿qué proceso cerebral acompaña este pensamiento?», sino «¿por qué este pensamiento puede ser verdadero?». No «¿qué reacción química acompaña al amor?», sino «¿qué hace que una persona tenga una dignidad que no pueda reducirse a sus procesos químicos?». Y cuanto más profundamente el hombre pregunta, más descubre que la realidad es mucho más grande que aquello que puede tocar con las manos.

Obediencia y plenitud: la libertad de los hijos de Dios

Pueden quitarle al hombre muchas cosas, pero no pueden obligar a amar el mal si él se niega; pueden perseguirlo, pero no pueden convertir una mentira en verdad aunque esta se repita mil veces; pueden intentar humillarlo, pero no pueden determinar por completo su dignidad. Esta es la libertad de los hijos de Dios: no una independencia absoluta, que ninguna criatura posee, sino una libertad arraigada en una dependencia correcta. Porque todos dependemos de algo, y la cuestión decisiva es si aquello de lo que dependemos nos hace más humanos o menos humanos. Si dependemos de nuestras pasiones, nos hacemos esclavos; si dependemos del dinero, nos hacemos esclavos; si dependemos del reconocimiento, nos hacemos esclavos; si dependemos de Dios, descubrimos el fundamento de aquello que somos. Dios no necesita nuestra libertad para dominarla; Dios quiere nuestra libertad para que podamos amarle. Y precisamente porque el amor auténtico solamente puede existir donde existe libertad, Dios no trata al hombre como una máquina. Lo llama, lo invita, le muestra la verdad y espera una respuesta.

Por eso el cristianismo puede afirmar algo que parece paradójico a los ojos del mundo: para ser verdaderamente libre hay que aprender a obedecer. No cualquier obediencia, naturalmente, sino la obediencia a la verdad y al bien. El músico es libre cuando obece las leyes de la música, porque precisamente al conocerlas puede expresar aquello que lleva dentro. El arquitecto es libre cuando respeta las leyes de la construcción, porque ignorarlas no aumenta su libertad: provoca que el edificio se derrumbe. El hombre es libre cuando vive de acuerdo con la verdad de su naturaleza, porque la verdad de lo que somos no es una prisión, sino la condición de nuestra plenitud. Si un pez decidiera que para ser libre debe vivir fuera del agua, su supuesta libertad sería precisamente aquello que lo conduce a la muerte. Si un hombre decide que para ser libre debe vivir contra toda verdad moral, puede experimentar durante un tiempo la sensación de haber roto las cadenas, pero terminará descubriendo que algunas cadenas son invisibles y mucho más fuertes que las de hierro. El pecado puede sentirse como una liberación porque al principio parece quitar una prohibición, pero después puede convertirse en una costumbre que exige repetición. Cristo, en cambio, no viene simplemente a decirnos qué no debemos hacer; viene a enseñarnos quiénes somos. Somos criaturas hechas a imagen de Dios. Somos seres llamados a la verdad. Somos seres llamados al amor. Somos seres abiertos a la eternidad. Somos seres cuya dignidad no procede de nuestra utilidad. Y si somos eso, entonces determinadas elecciones nos hacen más plenamente humanos y otras nos destruyen.

La gracia que eleva la naturaleza humana

La libertad consiste en poder elegir aquello que nos perfecciona. Por eso el hombre verdaderamente libre puede decir «no» a aquello que todos los demás consideran irresistible; puede permanecer fiel cuando la infidelidad parece más cómoda; puede rechazar el odio cuando el odio le proporciona aplausos; puede perdonar cuando todos le dicen que debe vengarse; puede defender la verdad aunque quede solo. No porque sea incapaz de sentir miedo, deseo o ira, sino porque no permite que esas cosas se conviertan en sus señores. Y aquí la figura de Cristo alcanza toda su grandeza: Él no destruye la humanidad para convertirla en divinidad, sino que lleva la humanidad a su plenitud. El hombre no necesita dejar de ser hombre para encontrarse con Dios; necesita ser plenamente hombre en Dios. La gracia no destruye la naturaleza, sino que la sana y la eleva. Por eso estar con Dios no significa dejar de pensar, dejar de elegir o dejar de ser uno mismo; significa que pensamiento, voluntad y personalidad encuentran su centro verdadero. Cuando el hombre se separa de Dios buscando autonomía absoluta, termina girando alrededor de sí mismo. Cuando se abre a Dios, descubre que su vida tiene una dirección. La criatura encuentra su plenitud cuando se relaciona correctamente con su Creador. La inteligencia encuentra su plenitud en la verdad; la voluntad encuentra su plenitud en el bien; el corazón encuentra su plenitud en el amor; y el hombre entero encuentra su plenitud en Dios. Por eso la libertad no es simplemente ausencia de cadenas: es plenitud de ser.

La gran decisión: ¿quién gobierna nuestro corazón?

Llegados a este punto, debemos regresar a la pregunta inicial: ¿libres o esclavos?

La respuesta ya no puede depender simplemente de si tenemos muchas opciones, de si vivimos en una sociedad que permite determinadas conductas o de si nadie nos obliga físicamente a hacer algo. La pregunta verdadera es mucho más íntima: ¿quién gobierna nuestro corazón? Porque todos terminamos sirviendo a algo. El hombre que cree no servir a nadie puede estar sirviendo a su propio orgullo; el que rechaza toda autoridad puede estar obedeciendo ciegamente sus pasiones; el que se considera completamente independiente puede depender desesperadamente de la aprobación de los demás. Nadie vive en el vacío. Todos amamos algo, todos perseguimos algo, todos sacrificamos tiempo y energía por algo, todos construimos nuestra existencia alrededor de determinadas prioridades.

La cuestión no es si tendremos un señor, sino qué señor elegiremos. Y si ponemos en el lugar de Dios una realidad creada, tarde o temprano esa realidad exigirá de nosotros aquello que no puede darnos. El dinero exigirá más dinero, asi como el poder exigirá más poder y consecuentemente la fama exigirá más fama; el placer exigirá más placer; la aprobación exigirá una vigilancia constante de nuestra imagen; el orgullo exigirá que nunca reconozcamos nuestros errores. Cada ídolo promete descanso y termina exigiendo sacrificio. Cada ídolo promete libertad y termina imponiendo condiciones. Dios, en cambio, no necesita destruirnos para ser Dios. Precisamente por eso puede ofrecernos algo que ninguna criatura puede ofrecer: una identidad que no depende de nuestros éxitos, un amor que no depende de nuestro rendimiento y una esperanza que no depende de nuestras circunstancias. Cuando el hombre comprende que es amado por Dios, comienza a liberarse de la necesidad de ser adorado por los hombres

Cuando comprende que su dignidad procede de Dios, puede soportar que otros lo desprecien. Cuando comprende que su vida tiene un destino eterno, puede renunciar a determinados placeres temporales. Cuando comprende que la verdad no cambia según la opinión de la mayoría, puede permanecer firme aunque se encuentre solo. Esta es la libertad cristiana: no la libertad de quien no pertenece a nadie, sino la libertad de quien pertenece al Amor que lo creó. No es una libertad vacía, sino una libertad llena de sentido. No es una libertad sin dirección, sino una libertad orientada hacia Dios. No es una libertad que destruye los vínculos, sino una libertad capaz de amar los vínculos verdaderos. No es una libertad que dice «nadie puede decirme nada», sino una libertad que puede escuchar la verdad incluso cuando la verdad duele.

Conclusión: el encuentro con la Verdad que libera

Y finalmente, después de recorrer el camino desde el ser hasta el deseo, desde el deseo hasta el Absoluto, desde el Absoluto hasta la verdad, desde la verdad hasta Cristo y desde Cristo hasta la libertad, llegamos al punto en el que todo converge: el hombre ha sido creado para Dios y solamente en Dios puede encontrar la plenitud de su libertad. Esto no significa que quien no crea en Dios no pueda realizar actos buenos, pensar profundamente, amar sinceramente o vivir con enorme dignidad; sería absurdo afirmarlo. Significa que el fundamento último de aquello que el hombre busca no se encuentra en las criaturas, sino en el Creador. La sed puede llevarnos al agua, pero la sed más profunda del espíritu conduce hacia una realidad que no puede ser limitada como una criatura. La razón puede conducirnos hacia el fundamento del ser; la fe nos revela que ese fundamento tiene rostro y nombre.

La filosofía puede mostrarnos que el hombre no es autosuficiente; el Evangelio nos muestra que no está abandonado. La moral puede mostrarnos que el bien existe; Cristo nos enseña que el Bien se puede amar. Y la cruz nos muestra hasta qué punto ese amor llega: hasta entregar la vida por aquel que no puede devolver nada a cambio. Por eso la libertad cristiana no consiste en huir de Dios, sino en descubrir que Dios es precisamente aquello hacia lo cual tendía nuestra libertad desde el principio. La inteligencia fue creada para la verdad, y Cristo dice: «Yo soy la verdad». La voluntad fue creada para el bien, y Cristo es el Bien encarnado. El corazón fue creado para amar, y:

«Dios es amor» (1 Jn 4,8).

El hombre fue creado para la vida, y Cristo dice: «Yo soy la resurrección y la vida». ¿Cómo podría entonces la unión con Cristo ser una esclavitud en el sentido más profundo, si Cristo es precisamente la Verdad para la inteligencia, el Bien para la voluntad, el Amor para el corazón y la Vida para el hombre entero? El hombre no se destruye al encontrarse con Dios; se encuentra. No deja de ser libre; descubre para qué sirve su libertad. No pierde su dignidad; descubre su origen. No pierde su individualidad; descubre que es amado personalmente. No deja de pensar; encuentra una verdad digna de ser pensada. No deja de amar; encuentra al Amor que hace posible todo amor verdadero. Y por eso la frase «Conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres» no es simplemente una frase hermosa, sino una afirmación sobre la estructura misma de la existencia humana. El hombre necesita la verdad porque sin ella no sabe hacia dónde dirigir su libertad. Necesita el bien porque sin él su libertad se convierte en capricho. Necesita el amor porque sin él su libertad se convierte en egoísmo. Necesita a Dios porque ningún bien limitado puede ocupar el lugar del Absoluto. Y necesita a Cristo porque el cristianismo proclama que ese Dios absoluto no permaneció distante, sino que salió al encuentro del hombre.

Por eso, cuando finalmente comprendemos la pregunta «¿libres o esclavos?», descubrimos que la respuesta no depende de cuántas cadenas podamos ver, sino de aquello que gobierna nuestra alma. Podemos estar rodeados de comodidades y ser esclavos. Podemos tener una enorme capacidad de elección y ser esclavos. Podemos gritar «soy libre» y ser esclavos. Pero también podemos vivir con sacrificios, con renuncias y con dificultades y ser interiormente libres si nuestra voluntad está unida a la verdad y orientada hacia Dios. La libertad no consiste en poder hacer cualquier cosa; consiste en poder amar el bien. No consiste en negar toda autoridad; consiste en reconocer la autoridad de la verdad. No consiste en vivir sin límites; consiste en vivir de acuerdo con la realidad de lo que somos. No consiste en alejarnos de Dios; consiste en llegar a Dios. Y así, la última palabra de esta búsqueda no puede ser simplemente «libertad», porque todavía debemos preguntar libertad para qué. Y la respuesta cristiana es: libertad para amar, libertad para conocer, libertad para servir, libertad para perdonar, libertad para sacrificarse, libertad para vivir en la verdad y, finalmente, libertad para entrar en comunión con Dios. Cristo no vino a convertir al hombre en un esclavo temeroso, sino en un hijo. San Pablo lo expresa diciendo que no hemos recibido un espíritu de esclavitud para volver al temor, sino un espíritu de adopción por el cual podemos llamar a Dios «Padre» (cf. Rom 8,15).

De la condición de esclavo a la filiación divina

Aquí está quizá la cima de todo el argumento: el esclavo vive bajo el miedo de perder aquello que posee; el hijo vive desde la confianza de saberse amado. El esclavo pregunta qué puede conservar; el hijo pregunta qué puede entregar. El esclavo teme al amo; el hijo ama al Padre. Y Cristo quiere conducir al hombre precisamente desde la esclavitud hacia la filiación, desde el miedo hacia la confianza, desde la mentira hacia la verdad, desde el pecado hacia la gracia y solamente qué cadenas quiere romper, sino a qué verdad quiere entregar su vida. Porque todos terminamos entregando nuestra vida a algo. Algunos la entregan al dinero, otros al placer, otros al poder, otros a la fama, otros a la ideología, otros a la aprobación de los hombres, otros a su propio orgullo. Y aquello a lo que entregamos el corazón termina convirtiéndose en nuestro señor. Pero Cristo ofrece una libertad diferente: «Para la libertad nos liberó Cristo».

No una libertad vacía, sino una libertad llena de sentido; no una libertad sin verdad, sino una libertad fundada en ella; no una libertad sin amor, sino una libertad que alcanza su plenitud precisamente cuando ama. Y por eso, al final de toda búsqueda, podemos volver a aquellas palabras de Jesucristo: «Conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres». La Verdad no es una cadena. La Verdad es la llave. Dios no es la prisión. Dios es el fundamento. Cristo no es el enemigo de nuestra libertad. Cristo es quien viene a liberarla. Y el hombre que finalmente comprende esto puede dejar de vivir intentando demostrar que no necesita a Dios y comenzar a vivir agradecido porque Dios le ha dado el ser, la razón, la libertad y la posibilidad de amar. Entonces comprende que no ha sido creado para ser esclavo de sus deseos, ni esclavo de sus pasiones, ni esclavo del mundo, ni esclavo de la opinión de los demás, sino para ser hijo. Y la libertad de los hijos de Dios no consiste en poder hacer cualquier cosa, sino en poder hacer el bien; no consiste en no obedecer nunca, sino en obedecer la verdad; no consiste en poseerlo todo, sino en saber para quién se vive; no consiste en conservarse a sí mismo, sino en entregarse al Amor. Porque quien intenta conservar su vida únicamente para sí mismo termina perdiéndola, mientras que quien la entrega por Cristo puede encontrarla, como Él mismo enseñó:

«El que quiera salvar su vida, la perderá; pero el que pierda su vida por mí, la encontrará» (Mt 16,25).

Y así, después de haber recorrido la pregunta por el ser, por la contingencia, por el deseo, por la verdad, por la moral, por la libertad, por el pecado, por el amor, por la muerte y por la eternidad, solamente queda una conclusión: el hombre no alcanza su verdadera libertad cuando se separa de Dios, sino cuando vuelve a Aquel de quien procede y hacia quien está ordenada toda su existencia. Si tenemos sed, buscamos un pozo; si tenemos hambre, buscamos alimento; si tenemos frío, buscamos calor; si buscamos verdad, buscamos la Verdad; si buscamos amor, buscamos el Amor; si buscamos eternidad, buscamos a Aquel que es eterno. Y si el corazón humano está inquieto hasta que descansa en Dios, entonces quizá la inquietud que tantas veces hemos intentado apagar no sea el enemigo, sino la llamada. Quizá la sed no sea una condena, sino una dirección. Quizá la pregunta no sea una debilidad, sino el comienzo de la sabiduría. Quizá la razón no sea el obstáculo para llegar a Dios, sino uno de los caminos por los que Dios nos permite buscarlo. Y quizá, finalmente, aquello que el hombre llevaba toda su vida llamando libertad no fuera libertad en absoluto, sino el deseo de escapar de una verdad que, cuando finalmente se conoce, no esclaviza, sino que libera.

Solamente cuando el hombre conoce la Verdad puede comprender quién es, de dónde viene, para qué vive, hacia dónde camina y por qué su corazón no encuentra descanso en ninguna criatura. Y esa Verdad, para el mundo, tiene un nombre: Jesucristo. Por eso, en último término, no hay dos caminos: ser absolutamente independiente o ser esclavo de Dios; hay una elección mucho más profunda: ser esclavo de aquello que nos domina o ser libre en Aquel que nos creó deliberadamente con un propósito. Y quien encuentra a Cristo en su vida, descubre que Dios no le ha quitado las alas: le ha enseñado a volar

Daniel Berastegui
Resumen de privacidad

Esta web utiliza cookies para que podamos ofrecerte la mejor experiencia de usuario posible. La información de las cookies se almacena en tu navegador y realiza funciones tales como reconocerte cuando vuelves a nuestra web o ayudar a nuestro equipo a comprender qué secciones de la web encuentras más interesantes y útiles.