Estos últimos años hemos visto cómo pasábamos de tener un hambre voraz de vida —esa energía casi insolente que caracteriza a quien empieza a caminar por el mundo con la convicción de que todo es posible— a vernos reducidos a una generación frustrada, agotada antes de tiempo. Nos dijeron que estudiáramos, que nos esforzáramos, que el futuro era nuestro si sabíamos conquistarlo. Y vaya si lo intentamos. Pero aquí estamos: con títulos que no valen lo que prometían, con trabajos que no duran lo que deberían y con un horizonte que, lejos de abrirse, parece encogerse cada día un poco más.
Nunca antes se había hablado tanto de los jóvenes, de nuestras preocupaciones, de nuestras angustias. Nunca tantos tertulianos, ministros, expertos y opinadores profesionales habían dedicado tanto aire a decir lo mucho que les importamos. ¿Y cuál es el resultado? Mucho ruido, sí. Mucho gesto solemne, mucha frase hueca, mucho titular bien colocado. Pero ayuda real, de esa que cambia vidas y no solo discursos, poca o ninguna. Como siempre, la distancia entre lo que se dice y lo que se hace es un abismo que solo nosotros parecemos ver, quizá porque somos los únicos que lo tenemos que cruzar.
El hartazgo político no es cosa nueva. La historia de Occidente está llena de generaciones que, cansadas de ser ignoradas, levantaron la voz. Ya lo decían los romanos, con esa contundencia que solo ellos sabían darle a las palabras: Quo usque tandem abutere, Catilina, patientia nostra? ¿Hasta cuándo abusarás de nuestra paciencia? Y uno no puede evitar preguntarse lo mismo hoy, mirando a nuestro alrededor. Porque si algo se agota más rápido que el dinero en la cuenta de un joven español, es la paciencia. Y la nuestra, la de quienes crecimos creyendo que el esfuerzo tenía recompensa, empieza a estar peligrosamente cerca del límite.
Es habitual escuchar a quien tiene poder político real y efectivo hablar de la población —de nosotros— como si fuéramos una masa abstracta, un concepto sociológico, una estadística que se manipula a conveniencia. Hablan de “la juventud” como quien habla del clima: algo que está ahí, que conviene mencionar de vez en cuando, pero que en el fondo no les quita el sueño. Nos prometen soluciones mientras firman pactos que nos condenan. Nos piden paciencia mientras ellos se reparten sillones. Nos exigen responsabilidad mientras juegan a la política como si fuera un tablero de estrategia y no la vida real de millones de personas.
Y mientras tanto, nosotros seguimos aquí, intentando no perder la dignidad en un país donde tenerla parece un lujo. Resistiendo, aunque a veces cueste. Manteniendo la esperanza, aunque cada día sea un poco más difícil. Porque, al final, lo que más indigna no es la crisis, ni la precariedad, ni siquiera la mentira. Lo que más indigna es la sensación de que podríamos ser mucho más, de que este país podría ser mucho más, si quienes mandan dejaran de tratarnos como un problema y empezaran a vernos como lo que realmente somos: el futuro que ellos mismos están dejando sin futuro.
