Desde hace años, y cada vez con más fuerza, se ha instalado entre nosotros una sensación que no por ser difusa es menos real. Es una especie de nubarron emocional que envuelve la política en las instituciones, una pérdida de temperatura en el lenguaje y en los gestos. Lo que sentimos —y lo sentimos de verdad, aunque nos digan que exageramos— es que nuestros representantes de las dos fuerzas políticas principales del país , aquellos que ocupan los escaños más visibles y determinantes de las Cortes, han dejado de sentir. No me refiero principalmente a que no tengan emociones personales, sino a que han perdido el vínculo afectivo con lo que representan. La política, en su forma más noble, debería ser un ejercicio de sentimientos institucionalizados, una forma de cuidar lo común desde el reconocimiento de lo particular en cada persona. Pero lo que vemos hoy es otra cosa. Es una política que dichos partidos principales que abarcan el país, han dejado de mirar a lo individual que realiza a cada individuo particularmente.
Lo más propio y más cercano —aquello que nos hacía sentir que la política también era nuestra casa, nuestro barrio, nuestras inquietudes— se ha ido diluyendo. Y al diluirse, nos ha dejado huérfanos en lo que entre otras muchas cosas, a representación emocional se refiere. En su lugar, desde un parecer juvenil, miramos y a nosotros nos quedan las redes sociales, que nos ofrecen una ilusión de cercanía pero no sustituyen la escucha real; y los libros de políticos y pensadores de otro tiempo no tan lejano en esta democracia , que nos recuerdan que hubo épocas en las que la palabra política no era sinónimo de cinismo, sino de acción, horizonte y conectividad con lo que se decía.
Y en medio de todo esto, estamos nosotros: los jóvenes. A menudo se nos etiqueta como “incapaces”, como si la juventud fuera una enfermedad que se cura con años de espera en una cola que no avanza, ni pretende avanzar. Se nos dice que aún no estamos cualificados, que ya llegará nuestro turno, que primero hay que pagar peajes y superar montañas invisibles, demostrar méritos que nadie define, y aceptar que nuestra voz es secundaria o en algunos casos terciaria. Pero ¿cómo vamos a aprender a participar si se nos niega la voz y la oportunidad de expresarse en un lugar visible?¿ Si se nos niega el derecho a equivocarnos? ¿Cómo vamos a construir si solo se nos permite observar a nuestros mayores?
La política, tal y como se practica hoy, está vacía de sentimientos. Y no hay nada más triste que eso. Porque sin sentimientos no hay comunidad, no hay pasado, no hay futuro. Romantizar esta política hueca es un sinceramente nulo, una traición a quienes aún creemos que otra forma de hacer las cosas de manera creativa es posible. No se puede poetizar el vacío. No se puede escribir unos sonetos plenos a lo que en los principales cargos políticos del país dejado de tener corazón.
A pesar de ello, seguimos aquí. Porque aunque nos empujen a los márgenes, aunque nos digan que no es nuestro momento, seguimos cofianfo, en muchísimos casos desesperados, pero seguimos confiando. Seguimos leyendo, seguimos compartiendo nuestras inquietudes, seguimos hablando entre nosotros. Porque sabemos que el sentimiento no es debilidad, sino raíz. Y que solo desde ahí —desde lo que es propio del ser humano, desde lo que emociona, desde lo que importa— se puede reconstruir algo que algún día podrá volver a sentir.
En este contexto, no es casual que muchos jóvenes —no todos, pero sí muchos— vuelvan la mirada hacia figuras del pasado que, con sus luces y sombras, encarnaron una política con alma. José Antonio Primo de Rivera, por ejemplo, no es citado por nostalgia ni por dogma, sino por una necesidad de reencontrar el pulso emocional de la política. Su lenguaje, profundamente romántico, hablaba de la patria como una unidad de destino, no como una frontera. Hablaba de la política como un servicio, no como una carrera. Y sobre todo, hablaba del hombre como portador de dignidad, no como pieza de engranaje.
No se trata de reivindicar acríticamente su ideario, ni de ignorar las consecuencias históricas de su tiempo. Se trata de reconocer que en su palabra había, como en la de otros tantos autores contemporáneos a él y anteriores había un fuerte sentimiento. Que lo discursos de estos autores había una voluntad de belleza, de justicia, de entrega. Que en su forma de entender la política había una dimensión poética y romántica que hoy nos falta. Porque lo que hoy nos ofrecen son cifras, eslóganes, pactos sin alma. Y nosotros, los jóvenes desesperados y fatigados por estas barreras impuestas, aún creemos en la palabra como herramienta de transformación, buscamos algo más.
José Antonio decía que “la política es una forma de amor”. Y aunque esa frase haya sido descontextualizada, incluso ridiculizada, sigue teniendo una fuerza que nos interpela. ¿Dónde está hoy ese amor? ¿Dónde está la ternura hacia el pueblo, la compasión hacia los débiles, la pasión por lo justo? ¿Dónde está el temblor en la voz de quien legisla sabiendo que sus decisiones afectan a millones vidas concretas, a dolores reales?
La política sin sentimiento es un trozo de metal que se mueve de un destino a otro. Los metales no lloran, no dudan, no recuerdan y no sienten. Pero nosotros sí. Nosotros lloramos por lo que nos ocurre en el día a día, dudamos de lo que nos imponen (aunque ya no nos quejemos), y recordamos lo que nos enseñaron nuestros abuelos, hechando así en falta aquella época Lucida en la que se tenían principios y valores. Por eso no nos basta con participar. Queremos sentir. Queremos que la política vuelva a ser humana. Que vuelva a tener un fuerte sentimiento que nos haga enamorarnos de ella.
Y si para eso hay que volver a leer a Perez Galdós, José Antonio, a Unamuno, a Machado, a Federico García Lorca, Cervantes. No por nostalgia, sino por necesidad. Porque en sus palabras hay algo que nos falta: el temblor, la belleza, la entrega y el sentir. Y porque sabemos que sin eso, todo lo demás y en especial los discursos vacíos de muchos políticos, son cartón piedra.
No queremos una política que nos administre. Queremos una política que nos abrace. Porque solo desde el amor a la misma y hacia los demás se puede construir la esperanza. Y nosotros, los jóvenes, estamos dispuestos a sentir. Aunque nos digan que no es nuestro momento. Aunque nos digan que no estamos preparados para actuar. Aunque nos digan que el sentimiento no cabe en sus esquemas.
Precisamente por eso, es ahí donde más falta hace que los jóvenes empecemos a sentir.

