La situación que vivimos en España no es un simple cúmulo de problemas dispersos, sino un conglomerado denso y casi orgánico, donde cada grieta alimenta a la siguiente y cada error se encadena con otro todavía más grande. Analizar con serenidad, con la mirada limpia y el pulso firme, describir está realidad es hoy un acto de valor. Porque en un tiempo en que las palabras se desgastan y por ende las conciencias se adormecen, detenerse a pensar —a pensar de verdad, sin consignas ni miedos— se ha convertido en un gesto casi subversivo. Por ello, ir contra corriente y señalar la realidad, es muy llamativo, porque estamos acostumbrados a que si hablamos sea para quedar bien y seguir la corriente a la moda de turno.
Hemos llegado a un punto en el que, paradójicamente, tenemos todo el derecho del mundo a pensar, a disentir, a mirar la realidad desde ángulos distintos… y, aunque efectivamente lo tengamos, muy pocos lo hacen. La mayoría se refugia en la comodidad de las opiniones prestadas, en el ruido de los bandos, en la tibieza de las frases hechas o simplemente en la crítica constante del otro ( entiéndase otro como cualquier persona cercana ). Se ha perdido el hábito noble de examinar la realidad como quien examina su propia conciencia: con rigor, con hondura, con los ojos abiertos y con sentido de responsabilidad.
Pero España —esta España nuestra que parece caminar entre sombras tanto morales como políticas — necesita precisamente eso: individuos capaces de mirar de frente la verdad, aunque duela; capaces de reconocer que el país no se sostiene sólo con estadísticas ni con discursos aburridos sobre cuestiones ideológicas de hace 40 años que ya nadie emplea, sino con un proyecto común orientado al beneficio de los ciudadanos españoles y está nación que lleva años efectivamente en declive. Y es ahí donde el pensamiento libre tiene su valor: no como un lujo intelectual, sino como un deber moral.
Porque pensar no es un acto solitario ni egoísta. Pensar es servir. Pensar es poner orden en el caos, es buscar la unidad, es reconstruir el sentido que la política ha ido perdiendo entre intereses, cálculos y renuncias. Y si pocos lo hacen, no es porque falte capacidad, sino porque falta coraje. Coraje para decir lo que se ve. Coraje para no callar lo que se sabe. Coraje para recordar que España no es una suma de problemas, sino una tarea pendiente.
En consecuencia de esta ausencia de pensar detenidamente y con los ojos abiertos, es conveniente señalar en la manifestación de esto que es la sociedad española. Tal como hoy la contemplamos, es un paisaje moralmente fatigado de sí mismo. No es una fatiga noble, de esas que ennoblecen el rostro después de una obra bien hecha, sino una fatiga amarga, agria, que se derrama en gestos de mal humor, en discusiones inútiles de unos con otros, en esa hostilidad cotidiana que convierte la convivencia en un campo minado. Cada día parece que aumenta el número de quienes viven con el ceño fruncido, con la palabra áspera, con la voluntad inclinada a hacer la vida un poco más triste al que tienen al lado. Y cuando uno observa este fenómeno —que no es aislado, sino general, en el sentido de que afecta a un cincuenta y cinco-sesenta por ciento de la población adulta ( entiéndase población adulta como personas entre 33-52 años, ya que en esa edad se podría considerar que ya tienes tú propia vida y desarrollo personal )— se comprende que no estamos ante un simple malestar pasajero, sino ante un síntoma profundo de una sociedad que generalmente no se soporta ni a sí misma y le molesta lo bueno y ensalza la crítica continúa sin conocer.
Porque eso es lo que se es hoy: una sociedad insoportable, que no se aguanta, que se irrita con su propia sombra. Y conviene decirlo sin rodeos, porque sólo la verdad, dicha con serenidad, puede abrir camino a la esperanza. Esta amargura diaria, estos pareceres personales que se convierten en veneno colectivo, no nacen de la nada. Son el fruto de una sociedad harta de sí misma, agotada por su propio exceso de libertades desconocidas para la mitad de la población y mal entendidas, por su propio ruido, por su propia falta de sentido. Todo derecho pro lo tanto implica obligaciones. Más pues se ha confundido la libertad con el capricho, el derecho con el deseo, la dignidad con la comodidad . Y así hemos llegado a ese punto en que todos proclaman: “yo puedo hacer lo que quiera”, “estoy en mi derecho”, “nadie me dice lo que tengo que hacer”. Pero detrás de esa fanfarronería de derechos infinitos se esconde una verdad trágica: tras está afirmación suelen ser esclavos de todos y dueños de nada.
Porque los derechos que tanto se invocan, como he mencionado, no se conocen en un setenta y cinco por ciento de los casos, y cuando se conocen, no se aplican. Y porque la libertad, cuando no está ordenada por un sentido superior, se convierte en una cadena invisible que nos ata a nuestros propios impulsos. Hemos llegado a un punto en que todo lo que tenga que ver con el pasado molesta, irrita, incomoda. El pasado —que debería ser raíz, enseñanza, herencia— se ha convertido en un enemigo. Y lo metafísico, lo espiritual, lo que no se puede tocar ni medir, es considerado una abominación por esta sociedad que sólo cree en lo que ve y en lo que siente, como si el hombre fuera únicamente un animal que reacciona a estímulos. Por ello al abolir una supremacía espiritual y jugar a ser Dios, muchas gente con este pensamiento se sitúa por encima del bien y del mal, más pues suelen venir acompañados de una “todología”extrema ( todología: todo lo sabe, todo lo dice, todo lo critica, todo importa lo que él diga, todo, etc…). Al jugar a ser Dios, entonces el mismo Dios ya nos hace falta piensa mucha gente y esto por ende muestra que claramente la sociedad de mis abuelos ( la cual no se creía por encima del bien y del mal en su mayoría )
Pero ¿quién compone esta sociedad que describimos? Todos, sí, pero especialmente en este caso me refiero a un grupo muy concreto al que he hecho referencia anteriormente: los adultos de entre treinta y sesenta años, los que hoy ocupan los puestos de decisión, los que moldean la moral pública, los que determinan el clima espiritual del país. Esta generación vivió su adolescencia entre 1970 y el año 2000, en un tiempo en que la moda —porque por lo general no fue otra cosa— consistía en declararse de izquierdas, y si se estudiaba, de una izquierda radicalísima; en proclamarse ateo aunque uno estuviera bautizado; en rechazar cualquier conducta moral que viniera de más allá de los padres, es decir, de los abuelos que aún conservaban un sentido del deber, del sacrificio y de la trascendencia.
Esa generación, que hoy ocupa el poder moral y social, arrastra consigo una visión del mundo que ha impregnado a toda la nación: una visión sin raíces, sin trascendencia, sin disciplina interior. Una visión que ha hecho del individuo un pequeño dios caprichoso y del pasado un estorbo. Y así, con estos mimbres, se ha tejido la España actual: una España donde la libertad se ha convertido en ruido, donde la igualdad se ha convertido en envidia, donde la fraternidad se ha convertido en sospecha. Una España donde la gente no es feliz porque no sabe para qué vive, ni hacia dónde va, ni qué sentido tiene su esfuerzo ni su vida . Y estas palabras son una mera descripción de la realidad, más pues solución hay, aunque eso ya lo desarrollé más detenidamente en otro artículo.
2 Timoteo 3:1-5
[...] se presentarán tiempos difíciles, pues los hombres serán egoístas, avariciosos, fanfarrones, soberbios, blasfemos, desobedientes a sus padres, ingratos, irreligiosos, despiadados, desleales, calumniadores, desenfrenados, brutales, enemigos del bien, 4 traidores, precipitados, engreídos, amigos del placer más que de Dios; Tendrán la apariencia de piedad, pero habrán renegado de su fuerza.
